
El trabajo, publicado en la revista ‘European Eating Disorders Review’, revela patrones de ejercicio diversos según la edad y la fase del tratamiento de los pacientes | Lejos de lo que se podría suponer, los autores identifican que los pacientes con anorexia presentan altos niveles de sedentarismo, que superan, en el caso de los adolescentes, las diez horas diarias | Este estudio abre nuevas vías para el desarrollo de estrategias de tratamiento más innovadoras, alejadas de los enfoques conservadores de restricción de movimiento, lo que permitirá a los afectados retomar el control de su bienestar
Un desafío fundamental en el abordaje de la anorexia nerviosa reside en la compleja relación que los pacientes establecen con la actividad física. El ejercicio en el contexto de esta enfermedad, lejos de ser una práctica saludable, puede manifestarse, en algunos casos, de forma compulsiva o rígida. Un grupo de investigación de la Universidad de Oviedo, tras revisar sistemáticamente 15 estudios previos, desvela ahora el papel de la actividad física en la recuperación de los pacientes de anorexia nerviosa. El trabajo, publicado en la revista European Eating Disorders Review, revela patrones de actividad diversos según la edad y la fase del tratamiento. Lejos de lo que se podría suponer, los investigadores identifican que los pacientes con anorexia presentan altos niveles de sedentarismo, que superan, en el caso de los adolescentes, las diez horas diarias.
Los autores del trabajo, en el marco del proyecto de investigación DiANa de la universidad asturiana, recuerdan que la anorexia nerviosa es uno de los trastornos de la conducta alimentaria más complejos y con mayores implicaciones para la salud física, psicológica y social. Es una enfermedad que, si bien afecta predominantemente a mujeres jóvenes entre los 15 y 19 años, muestra una preocupante tendencia al alza en edades más tempranas. Su impacto es devastador, ya que se sitúa como la segunda causa de mortalidad más alta entre todas las enfermedades mentales, y genera elevados índices de recaída –aproximadamente el 50%–, lo que se traduce en altos costes sanitarios y económicos.
‘Movimiento desadaptativo’
Un aspecto clave en su abordaje es la actividad física no saludable, en particular, lo que se conoce como movimiento desadaptativo. Este comportamiento engloba desde el ejercicio excesivo y extenuante hasta conductas cotidianas como caminar sin descanso, evitar el reposo o moverse constantemente, todo ello motivado por el control del peso y la forma corporal. Estos patrones pueden surgir en las fases iniciales del trastorno y, lamentablemente, persistir incluso después de una aparente recuperación. De hecho, el movimiento desadaptativo ha sido identificado de forma reiterada como un factor de mal pronóstico, directamente asociado con la gravedad de los síntomas y un mayor riesgo de sufrir recaídas.
Los firmantes del artículo subrayan que, a pesar de su indiscutible relevancia clínica, la evaluación de estos comportamientos se ha realizado tradicionalmente con métodos subjetivos, como entrevistas o cuestionarios autoadministrados. Sin embargo, estas herramientas tienden a subestimar la cantidad real de actividad física. Para suplir esta carencia de conocimiento, el equipo de investigadores de la Universidad de Oviedo ha llevado a cabo el primer metaanálisis que analiza los niveles de ejercicio medidos de forma objetiva en pacientes con anorexia. El estudio ha sintetizado y comparado datos de 15 investigaciones previas, que emplearon dispositivos electrónicos como acelerómetros para registrar el movimiento de los participantes.
La muestra analizada incluyó a 658 personas diagnosticadas con anorexia –651 mujeres y 7 hombres–, en un rango de edad entre 12 a 65 años. Los investigadores examinaron variables claves como el tiempo diario de sedentarismo, la actividad física ligera, la moderada, la vigorosa y la moderada-vigorosa, así como el número total de pasos. Para una comprensión más profunda, se realizaron análisis teniendo en cuenta la edad de los pacientes –adolescentes de 12 a 17 años y adultos mayores de 18 años– y el momento de tratamiento en el que se encontraban dichos pacientes –hospitalización, hospital de día, ambulatorio–.
“Nuestros datos muestran que los adolescentes con anorexia tienen niveles muy elevados de sedentarismo, con una media de 10,5 horas/día (627.57 minutos/día), y una escasa participación en actividad física moderada o vigorosa”, destaca María Fernández del Valle, investigadora principal del proyecto DiANa de la universidad asturiana. “En contraste, los adultos con esta patología mostraron niveles más altos de actividad física ligera, moderada y moderada-vigorosa”, añade esta investigadora. Si bien este estudio no profundizó en los motivos que justifican este tipo de actividad, las diferencias podrían atribuirse a factores ocupacionales, demandas de la vida diaria o a una menor supervisión clínica y/o familiar en el caso de los adultos. “Nuestros resultados aportan información valiosa para la práctica clínica, al mostrar patrones diferenciados de actividad física según la edad y el momento de tratamiento, lo que permite desarrollar intervenciones terapéuticas de forma más específica a las necesidades y características de cada grupo”, comenta Alex del Valle Pagador, primer firmante del artículo.
Diferencias por edad
Más en concreto, al comparar estos niveles con las directrices de la OMS, los resultados revelan diferencias entre grupos de edad que exigen una interpretación cuidadosa. Por ejemplo, los adolescentes con anorexia registrados en los estudios presentaron niveles de actividad física moderada-vigorosa por debajo de los 60 minutos diarios recomendados para su grupo de edad. En cambio, los adultos registraron niveles de actividad moderada en torno a 100 minutos al día y moderada-vigorosa superiores a los 90 minutos diarios, lo que supera ampliamente las recomendaciones actuales (150-300 minutos semanales de actividad moderada o 75-150 minutos semanales de vigorosa, llegando a excederlas en un 160%.
Si bien, en población sana, esta cantidad de actividad física adicional podría considerarse como un beneficio, en esta población resulta muy llamativo, tal como advierten los autores del estudio. Y es que gran parte de esta actividad podría asociarse a patrones compulsivos, actividades laborales no estructuradas o rutinas diarias vinculadas a la enfermedad, y no necesariamente de un ejercicio estructurado, seguro o beneficioso para la recuperación. Estos resultados sugieren que resulta insuficiente la evaluación objetiva, lo que hace necesario una evaluación integral que permita conocer el objetivo de la actividad física, así como el tipo y el contexto clínico en el que se lleva a cabo, especialmente en una patología como la anorexia, donde el ejercicio puede estar vinculado a síntomas centrales del trastorno.
Por otra parte, los autores destacan también la importancia de la participación de profesionales del ejercicio físico en los equipos clínicos que contribuyan a la evaluación objetiva de los niveles de actividad a lo largo del tratamiento. “Esto permitiría realizar un diseño óptimo de la vuelta a un estilo de vida saludable a través de la programación de intervenciones personalizadas con el objetivo de una gestión más segura y realista del movimiento en estos pacientes”, asegura Hugo Olmedillas, profesor del Departamento de Biología Funcional.
En definitiva, este estudio abre nuevas vías para el desarrollo de estrategias de tratamiento más innovadoras, alejadas de los enfoques conservadores de restricción de movimiento, lo que permite a los pacientes retomar el control de su bienestar de una manera adaptativa y beneficiosa.
Referencia
Pagador Á V., Olmedillas H, Quesnel DA, Cavero-Redondo I, Fernandez-del-Valle M. Contextualising Physical Activity Levels in Patients With Anorexia Nervosa: A Systematic Review and Meta-Analysis. European Eating Disorders Review. 2025; Available from: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40411797/
Fuente: https://www.uniovi.es


