Un estudio desenmascara las dietas de la tenia, alcalina y macrobiótica, y otros engaños nutricionales – UV

Un estudio desenmascara las dietas de la tenia, alcalina y macrobiótica, y otros engaños nutricionales - UV

La historia de las dietas de adelgazamiento es un compendio de avances científicos y de estafas. Desde las recientes de la tenia, alcalina y macrobiótica, hasta otras más antiguas, la creencia en métodos de adelgazamiento de riesgo ha costado la vida a numerosos pacientes. Inmaculada Zarzo (Laboratorio de Alimentación y Salud, Instituto de Ciencia de los Materiales), José Miguel Soriano (Departamento de Medicina Preventiva de la Facultad de Farmacia – La Fe), ambos de la Universitat de València, y Pietro M. Boselli (Universidad de Milán) muestran en un artículo científico los peligros de las malas prácticas nutricionales.

“A lo largo de los siglos, las dietas de adelgazamiento han sido desarrolladas por personas no sanitarias, desde charlatanes hasta aficionados, que han arriesgado la vida de sus pacientes. En realidad, únicamente los nutricionistas profesionales pueden garantizar resultados efectivos y beneficiosos para la salud”, afirman Zarzo, Soriano y Boselli en su artículo History of Slimming Diets up to the Late 1950s, que analiza estas prácticas hasta los años 50, si bien algunas de ellas continúan aplicándose.

La dietética es una disciplina tendente al riesgo. A principios del siglo XX se difundieron prácticas como “la dieta de la tenia”, que promovió la injerencia de dicho parásito con el fin de eliminar la grasa corporal. No obstante, olvidaba los efectos secundarios: dolor abdominal, cólicos, diarrea, vértigo o vómitos, entre otros. Asimismo, la dieta del naturópata Herbert McGolfin Shelton, que prometía velocísimas pérdidas de peso mediante rutinas alimenticias disociadas, costó la vida a uno de sus pacientes, lo que provocó que fuera llevado a los tribunales por ejercer la práctica médica sin licencia.

Según la investigación, existen dietas disociadas similares a la de Shelton, como es el caso de la dieta de Hay. Esta última, también llamada dieta alcalina, divide los alimentos en dos categorías: ácidos (carne, pescado, leche, vaca, azúcar o alcohol) y alcalinos (verduras y frutas). Según el doctor Hay, se recomendaba el consumo de un 80% de alimentos alcalinos, frente al 20% de ácidos. Sin embargo, como ocurre con otras dietas como la hipoenergética de Benjamin Gayelord Hauser (1920) o la dieta amucosa de Arnold Ehret (1922), su éxito no ha estado ligado a garantías científicas.

El siglo XX está plagado de falacias dietéticas. El reverendo irlandés Emmet Fox, ministro de la Iglesia de la Ciencia Divina, sostuvo en su obra La Dieta Mental de Los Siete Días (1935) que un cambio a pensamientos más positivos repercutía también positivamente en la dieta, reduciendo milagrosamente el peso. Otros como Michio Kushi, exponente mundial de la macrobiótica moderna, planteó las dietas en términos de equilibrio natural entre el yin y el yang: las comidas yin son ligeras y frías; mientras que los alimentos yang son pesados y calientes. La dieta adecuada residiría, pues, en un correcto equilibrio mediante periodizaciones de alimentos variados.

Sin embargo, tales propuestas carecen de base científica. De hecho, tanto el Consejo de Alimentos y Nutrición de la Asociación Médica Estadounidense como el Comité de Nutrición de la Academia Americana de Pediatría condenaron la dieta de Kushi al considerarla peligrosa para la salud.

En cierta manera, el siglo XX no hace más que continuar una tendencia histórica al engaño en la dietética. Ya en los siglos XVI y XVII, pese a los múltiples progresos en medicina, se interpretó la inanición de ciertas mujeres –las llamadas “doncellas milagrosas”– como signos venerables de santidad. Sin embargo, en el s. XIX se descubrió que estos milagros eran en realidad casos de anorexia.

En sus orígenes, hace más de cuatro milenios, la ineficacia de las teorías de adelgazamiento podía achacarse a un desconocimiento de la biología y la medicina moderna. Se trata de la recomendación del té verde para reducir la grasa (“dieta Shen Nong”, 2695 a.C.) o el uso de flores para demacrar los cuerpos obesos (“dieta de Dioscórides”, 40-90 d.C.).

No obstante, teniendo en cuenta los avances médicos de siglos posteriores, aún hoy resulta preocupante la persistencia de teorías dietéticas oscurantistas. Por ello, “a sabiendas de las muertes y los daños físicos ocasionados”, la autora y los autores del artículo subrayan “la necesidad de acudir a personal cualificado de cara efectuar tales dietas, tanto en el momento de su prescripción como en el seguimiento de su aplicación”.

Fuente: https://www.uv.es

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